En todas las dimensiones socio-culturales, el ser humano vive una crisis ontológica, pues ahora más que nunca se está despertando su preocupación por el comportamiento de su “ser”. Ahora las perspectivas tienden a ser reflexivas en torno a un mundo que está pasando frente a nuestros ojos a una velocidad descomunal. Se percibe una saturación de elementos materiales que someten al espacio y lo dejan inmovilizado, atado de pies y cabeza.
¿Acaso puede ser significativo un mundo que cubra toda necesidad objetiva sin destacar la satisfacción integral del alma? ¿Es posible que dicha alma sea un constructo de la imaginación humana para justificar la soledad que albergamos por estar aparentemente imposibilitados de ver a un Dios real y tangible como la palma de nuestra mano?
Para muchos, el alma existe.
Para otros la razón es la única existente.
Un hecho inevitable. Si la muerte nos conduce a un vacío, entonces el mismo vacío en que vivimos podría ser la misma muerte. Cuando alguien muere sentimos que la fragilidad en carne propia. Si muere Dios, nos sentiríamos débiles. Fue Nietzsche quien dijo: Dios ha muerto. No está muerto estimo, porque estamos vivos y probablemente Dios viva entre los pliegues de nuestras venas. ¿Seguirá viviendo Dios después que la Humanidad muera por completo? Probablemente sí, cuándo se derrumbe todo murallón de la Nada que por lo general socava todo avance por desarrollar la cultura de la Vida. Mientras se insista en entrar a la Ciudad Thánatos, no habrá Dios que nos salve. Lejos de toda jurisdicción religiosa, lo cierto es que el ser humano necesita sentir que está protegido aún de la misma muerte que ronda por todas partes, pero la necesita con intensidad para darle sentido a su razón de estar aquí, en esta hora, en África o América. Seguir despierto sabiendo que después de su muerte, su alma volverá a los Cielos- Disolutos, según mi visión particular- para seguir viviendo. Quizá Dios no quiere abandonarnos pero le abandonamos cuando le refutamos con el concepto de muerte como justificación perenne, de nuestra vulnerabilidad única.
¿Y qué hay del arte?
Para muchos, el alma existe.
Para otros la razón es la única existente.
Un hecho inevitable. Si la muerte nos conduce a un vacío, entonces el mismo vacío en que vivimos podría ser la misma muerte. Cuando alguien muere sentimos que la fragilidad en carne propia. Si muere Dios, nos sentiríamos débiles. Fue Nietzsche quien dijo: Dios ha muerto. No está muerto estimo, porque estamos vivos y probablemente Dios viva entre los pliegues de nuestras venas. ¿Seguirá viviendo Dios después que la Humanidad muera por completo? Probablemente sí, cuándo se derrumbe todo murallón de la Nada que por lo general socava todo avance por desarrollar la cultura de la Vida. Mientras se insista en entrar a la Ciudad Thánatos, no habrá Dios que nos salve. Lejos de toda jurisdicción religiosa, lo cierto es que el ser humano necesita sentir que está protegido aún de la misma muerte que ronda por todas partes, pero la necesita con intensidad para darle sentido a su razón de estar aquí, en esta hora, en África o América. Seguir despierto sabiendo que después de su muerte, su alma volverá a los Cielos- Disolutos, según mi visión particular- para seguir viviendo. Quizá Dios no quiere abandonarnos pero le abandonamos cuando le refutamos con el concepto de muerte como justificación perenne, de nuestra vulnerabilidad única.
¿Y qué hay del arte?
Pienso que a través del arte del siglo XX hubo una mejor estimación acerca del cambio social contemporáneo. Cada época no dejaba de sorprendernos y parecía que el terreno cultural y artístico se agotaba. La creatividad era de fuente fluida, pero creo que nunca sabremos sobre los verdaderos motivos que llevaron a muchos a pintar la política de turno, o a escribir sobre el asunto de la injusticia social. El Guernica de Pablo Picasso, todavía nos impacta. Salvador Dalí nos regala sus sueños nocturnos para recordarnos que la vida sin sueños no es vida sorprendente, por eso nos pone contra la pared reviviendo el suceso onírico que tiene mucho que enseñarnos acerca de nosotros mismos. Mirar los fantasmas que tenemos por dentro nos resulta más aterrador que mirar de cerca una escena de la película Halloween.
La poesía por ejemplo, ordena y desordena nuestros parámetros con respecto al amor o la guerra, ya que permite que aflore ese lado inverso, e ilógico de las cosas, volviendo la hoja blanca una suerte de tinta mágica, constante que muere y renace al compás del lápiz. Borramos un verso y lo volvemos a pensar para darle vida. Matamos el verso nuevamente cuando le borramos para darle vida de nuevo con otra línea más evocativa según sea el sentimiento que queremos transmitir. Pero esto es una matanza sin asesinos o asesinados reales, es una matanza que no deja huellas dolorosas ni pérdidas irrevocables. Es una matanza que no condena a nadie, pues la creación abarca un principio y un final lleno de vida infinito. Nadie podrá matar palabras pues el ser humano necesita crearlas para condensar su vida. Sin embargo, los animales, esos detractores casi encantadores con sus rugidos, bramidos o aullidos han sabido vivir en una paz enarbolada gracias a su desconocimiento del dato escrito. Nunca han prejuzgado al otro contrincante, ni le han quitado la vida por constancia de un deber “honorable” o de un interés determinado, al menos en términos lógicos humanos. Son unos eternos ignorantes en materia delictiva, si es que acaso un lobo puede discutir sus razones para matar a una oveja en un Tribunal de Guerra.
La poesía no es apolínea, nunca lo ha sido. Ha podido acabar fácilmente con el miedo de una época marcada por incesantes rumores de guerra y destrucción nuclear. La poesía denuncia la paradoja actual. La resume o la amplía. Es un elevador de nuestra cotidianidad. ¿Acaso hay un sitio entretejido por luces y sombras más seguro que un verso? No es tampoco una vía de escape, es sólo un “lugar” Y todos tenemos el mismo derecho a entrar. Me atrevería a decir que muchos entran sin saber que “el lugar” existe, o considerando poco que sea un lugar, simplemente escriben a puño y letra sobre todo y nada. O sobre algo que vaya más allá de ese todo y de esa nada. Es posible hacer una proyección extrínseca siempre que se pueda, pues sino moriríamos en el tedio inevitablemente. El mas allá de ese mas allá, y un más allá de ese mas allá anterior, hasta cansarnos pero nunca agotarnos por completo sino disfrutando de lo descubierto. Agotarnos es un extremo fatal y saciarnos lo es aún más.
¿Y que mas tenemos de la muerte? En Finlandia (país con mayor calidad de vida del mundo) un chico dispara a mansalva a varios chicos de una escuela secundaria. ¿Son los las contradicciones o el legado de la cultura moderna? ¿Son parte de la “normalidad del ser humano”? Incluso podríamos preguntarnos en nombre de la razón científica que lleva a un adolescente que aparentemente lo tiene todo para sentirse satisfecho (afecto familiar, educación, privilegios materiales, sociales y culturales) a tomar heroína hasta matarse. Es una buena pregunta para analizar. El hombre ha elegido al Dios Thánathos.
Así entonces lo moderno se volvió una Espada de Damocles, un proceso que contenía dentro de sí, la clara luz del cinismo autorizado. Ya no es extraño el evento ambivalente. Lo anormal ya no es una amenaza. La modernidad tenía como principio primordial romper con la oscuridad de la ignorancia pero arrasó con cualquier intento crítico del proceso. Allí tenemos una Santa Inquisición que no fue capaz de negociar argumentos con prisioneros ni una Cruzada que defendió fe alternativas. No. Pudimos ver la tragedia, el genocidio en una magnitud considerable que hoy por hoy sigue sorprendiéndonos. Quizá Dios murió para ellos mucho antes de que nosotros lo especuláramos. O quizá Dios nunca murió y está esperando el punto de retorno al vacío, pues cuando estemos en un espacio sin luces ni salvoconductos no tendremos más que gritar Dios mío, ¿dónde estás? Sí, a pesar de toda la gloria que nos atribuimos los hombres gracias al desarrollo de la tecnología, la ciencia, el “progreso”, al final quedamos gimiendo por la salvación divina. Somos vulnerables en grado sumo. Muy vulnerables. Nunca salimos del Oscurantismo que propiciaron ellos mismos porque sí. La línea de separación entre el dominado y el dominador ha sido la constante perfecta del mundo que puede desaparecer si los individuos realzan la vida y no la muerte. Es preciso que entiendan que poner barreras divisorias sólo alienta a Thánathos, pues para nadie es divertido vivir a costillas del otro, y la tensión y la frustración son factores desencadenantes de muerte. Si no es así, ¿por qué pueblos enteros se rebelarían al sistema en un desafortunado debate callejero que pone en peligro la vida de muchos? Es evidente que la última opción es morir, pero la cartas que tienen bajo la manga no siempre resultan ser muy eficaces. La vida antes que nada. La muerte después de todo. Una vez que se han jugado todas las cartas, y ya no queda nada, sólo queda la extinción. “Si no tengo nada, tú tampoco tendrás”. Nos enseñan a competir el éxito en la existencia que al final sólo lleva por dentro el germen de la muerte, de la destrucción. “Beba este tipo de licor delicioso que elevará sus sentidos” es el equivalente a “beba este licor tantas veces como sea posible, vuélvete alcohólico y matate en un auto por la carretera”. Disfruta el vestido de diseño más famoso de los últimos tiempos” es en realidad “disfruta este vestido pero paga hasta con tu vida si es preciso, pues es más caro que la cesta alimentaria básica, así que gasta tu salario o no lo tendrás nunca”, o “Sólo pueden usar este vestido los cuerpos perfectos” es un eufemismo directo a la población obesa. Es un ataque frontal a las chicas anoréxicas.
En nuestros días no hay una oda a la vida.
Así entonces lo moderno se volvió una Espada de Damocles, un proceso que contenía dentro de sí, la clara luz del cinismo autorizado. Ya no es extraño el evento ambivalente. Lo anormal ya no es una amenaza. La modernidad tenía como principio primordial romper con la oscuridad de la ignorancia pero arrasó con cualquier intento crítico del proceso. Allí tenemos una Santa Inquisición que no fue capaz de negociar argumentos con prisioneros ni una Cruzada que defendió fe alternativas. No. Pudimos ver la tragedia, el genocidio en una magnitud considerable que hoy por hoy sigue sorprendiéndonos. Quizá Dios murió para ellos mucho antes de que nosotros lo especuláramos. O quizá Dios nunca murió y está esperando el punto de retorno al vacío, pues cuando estemos en un espacio sin luces ni salvoconductos no tendremos más que gritar Dios mío, ¿dónde estás? Sí, a pesar de toda la gloria que nos atribuimos los hombres gracias al desarrollo de la tecnología, la ciencia, el “progreso”, al final quedamos gimiendo por la salvación divina. Somos vulnerables en grado sumo. Muy vulnerables. Nunca salimos del Oscurantismo que propiciaron ellos mismos porque sí. La línea de separación entre el dominado y el dominador ha sido la constante perfecta del mundo que puede desaparecer si los individuos realzan la vida y no la muerte. Es preciso que entiendan que poner barreras divisorias sólo alienta a Thánathos, pues para nadie es divertido vivir a costillas del otro, y la tensión y la frustración son factores desencadenantes de muerte. Si no es así, ¿por qué pueblos enteros se rebelarían al sistema en un desafortunado debate callejero que pone en peligro la vida de muchos? Es evidente que la última opción es morir, pero la cartas que tienen bajo la manga no siempre resultan ser muy eficaces. La vida antes que nada. La muerte después de todo. Una vez que se han jugado todas las cartas, y ya no queda nada, sólo queda la extinción. “Si no tengo nada, tú tampoco tendrás”. Nos enseñan a competir el éxito en la existencia que al final sólo lleva por dentro el germen de la muerte, de la destrucción. “Beba este tipo de licor delicioso que elevará sus sentidos” es el equivalente a “beba este licor tantas veces como sea posible, vuélvete alcohólico y matate en un auto por la carretera”. Disfruta el vestido de diseño más famoso de los últimos tiempos” es en realidad “disfruta este vestido pero paga hasta con tu vida si es preciso, pues es más caro que la cesta alimentaria básica, así que gasta tu salario o no lo tendrás nunca”, o “Sólo pueden usar este vestido los cuerpos perfectos” es un eufemismo directo a la población obesa. Es un ataque frontal a las chicas anoréxicas.
En nuestros días no hay una oda a la vida.
No hay modernidad salvadora cuando miramos en algunas sociedades niveles de desarrollo ostentosos y en otras simplemente brilla por su ausencia. Hay una asimetría en la Historia de los hombres. Ellos asimétricos. Los animales en completa sincronía con el tiempo y la naturaleza. Es para pensarlo mil veces.
No importa la existencia de sociedades claramente enfermas, para muchos es preferible el hedonismo y el escándalo que ésta procura, pues así estamos más satisfechos al saber que otros tendrán el mismo deseo de obtener el placer y el éxito sin importar las consecuencias. El ser humano actual vive de una seguridad ficticia y de la prosperidad podataria que le proporcionan.
Sin importar el costo, hombres en todo el mundo diseñan estrategias políticas de intencionalidad bélica, científicos” hombres de ciencia al servicio de la humanidad” ayudan a Estados a fabricar armas de destrucción masiva, cada vez más potentes. Los países desarrollados legitiman la democracia en base a la guerra como mecanismo preventivo, la financian constantemente, pero en realidad el enemigo no es el Otro, sino ellos mismos.
El execrado no es más que la consecuencia de las partes en pugna.
Una niña de cualquier edad no sabrá jamás como tomar una muñeca porque ha salido herida por una bomba y ha perdido los dos brazos.
Un anciano muerto dormido que jamás supo que una bala perdida lo mató.
El bebé que nunca podrá ser amamantado porque iba en el vientre de una mujer volada por una mina antipersonal.
Un hombre que debe matar a otro porque sino, no regresará con “dignidad patriótica” a su hogar.
Es una cultura de la muerte.
La del execrado.
La del polvo que dejamos siempre en el camino.
Sin importar mucho si nuestra defensa es radical o conservadora, ¿cómo podemos llegar a la modernidad cuando somos capaces de institucionalizar la violencia? ¿Cómo podemos pedir la paz por el mundo cuando violentamos nuestro propio cuerpo y alma con vicios inevitables para el disfrute general? No se trata de abarcar una moralidad muy ajustada -como siempre digo-, o de alimentarnos de preceptos éticos inmanentes pero acaso la salvación no empieza en la extinción de nuestros propios demonios de la incoherencia. No se trata tampoco de ser profetas o héroes pero dejar en manos de Dios absolutamente todo lo que nos atañe es poco más que un descuido, es un peligro, casi un suicidio. Ir a la par de nosotros mismos, de nuestros pasos y sabiendo que esa fuerza sobrenatural y transcendental va a nuestro lado sin sentir que se cae en una hegemonía, o prisión o sin sentir que es un “dador de todo cuanto pidamos”. Sentir que Dios es un Amigo que sabe dar la mano pero que también sabe como sacudirnos los hombros sin mostrar por ellos crueldad. Desacostumbrarnos para siempre del YO ABAJO/EL ARRIBA, puede ser un paso importante en la consumación de la libertad humana.
Albert Einstein tenía razón cuando dijo: “La tercera guerra nos sabemos cómo va a ser, lo que sí sabemos es que la cuarta será con piedras y palos”, pronosticando con mucha mejor credibilidad que la otorgada a Nostradamus y de manera bastante explicita, que de seguir en ésta secuencia de hechos escatológicos no quedará nada ya para defendernos para matarnos los unos a los otros.
Aunque una piedra mata fácilmente en un país del Medio Oriente por caer en bajas pasiones valga la pena recordar. Y los palos de escoba matan a niños todos los días en barrios y departamentos de muchos países americanos. La violencia en cualquier clase o forma, está sentada cómodamente mirándonos la cara de pendejos.
A la “razón moderna” no le interesa ni le conviene que el ser humano llegue a conclusiones sobre el desarrollo de la sociedad. Da igual que dichas conclusiones sean apenas aproximaciones, lo urgente es agotar, matar, eliminar (otra vez Thanatos) cualquier atisbo de reflexión, duda o crítica, y desmantelar cualquier intento de liberación del pensamiento hegemónico en el que vivimos.
Es posible que ni la religión, ni la razón científica ni deductiva, ni los placeres materiales sean nuestra salvación. Creo que entender nuestra vulnerabilidad y aprender a sentirla sin temor será la puerta de entrada a un nuevo mundo sin tanques de guerra ni libros que anulen creatividades.
Se puede vivir de acuerdo a esa vulnerabilidad procurando el suficiente bienestar para todos.
Feliz noche buena al mundo
No importa la existencia de sociedades claramente enfermas, para muchos es preferible el hedonismo y el escándalo que ésta procura, pues así estamos más satisfechos al saber que otros tendrán el mismo deseo de obtener el placer y el éxito sin importar las consecuencias. El ser humano actual vive de una seguridad ficticia y de la prosperidad podataria que le proporcionan.
Sin importar el costo, hombres en todo el mundo diseñan estrategias políticas de intencionalidad bélica, científicos” hombres de ciencia al servicio de la humanidad” ayudan a Estados a fabricar armas de destrucción masiva, cada vez más potentes. Los países desarrollados legitiman la democracia en base a la guerra como mecanismo preventivo, la financian constantemente, pero en realidad el enemigo no es el Otro, sino ellos mismos.
El execrado no es más que la consecuencia de las partes en pugna.
Una niña de cualquier edad no sabrá jamás como tomar una muñeca porque ha salido herida por una bomba y ha perdido los dos brazos.
Un anciano muerto dormido que jamás supo que una bala perdida lo mató.
El bebé que nunca podrá ser amamantado porque iba en el vientre de una mujer volada por una mina antipersonal.
Un hombre que debe matar a otro porque sino, no regresará con “dignidad patriótica” a su hogar.
Es una cultura de la muerte.
La del execrado.
La del polvo que dejamos siempre en el camino.
Sin importar mucho si nuestra defensa es radical o conservadora, ¿cómo podemos llegar a la modernidad cuando somos capaces de institucionalizar la violencia? ¿Cómo podemos pedir la paz por el mundo cuando violentamos nuestro propio cuerpo y alma con vicios inevitables para el disfrute general? No se trata de abarcar una moralidad muy ajustada -como siempre digo-, o de alimentarnos de preceptos éticos inmanentes pero acaso la salvación no empieza en la extinción de nuestros propios demonios de la incoherencia. No se trata tampoco de ser profetas o héroes pero dejar en manos de Dios absolutamente todo lo que nos atañe es poco más que un descuido, es un peligro, casi un suicidio. Ir a la par de nosotros mismos, de nuestros pasos y sabiendo que esa fuerza sobrenatural y transcendental va a nuestro lado sin sentir que se cae en una hegemonía, o prisión o sin sentir que es un “dador de todo cuanto pidamos”. Sentir que Dios es un Amigo que sabe dar la mano pero que también sabe como sacudirnos los hombros sin mostrar por ellos crueldad. Desacostumbrarnos para siempre del YO ABAJO/EL ARRIBA, puede ser un paso importante en la consumación de la libertad humana.
Albert Einstein tenía razón cuando dijo: “La tercera guerra nos sabemos cómo va a ser, lo que sí sabemos es que la cuarta será con piedras y palos”, pronosticando con mucha mejor credibilidad que la otorgada a Nostradamus y de manera bastante explicita, que de seguir en ésta secuencia de hechos escatológicos no quedará nada ya para defendernos para matarnos los unos a los otros.
Aunque una piedra mata fácilmente en un país del Medio Oriente por caer en bajas pasiones valga la pena recordar. Y los palos de escoba matan a niños todos los días en barrios y departamentos de muchos países americanos. La violencia en cualquier clase o forma, está sentada cómodamente mirándonos la cara de pendejos.
A la “razón moderna” no le interesa ni le conviene que el ser humano llegue a conclusiones sobre el desarrollo de la sociedad. Da igual que dichas conclusiones sean apenas aproximaciones, lo urgente es agotar, matar, eliminar (otra vez Thanatos) cualquier atisbo de reflexión, duda o crítica, y desmantelar cualquier intento de liberación del pensamiento hegemónico en el que vivimos.
Es posible que ni la religión, ni la razón científica ni deductiva, ni los placeres materiales sean nuestra salvación. Creo que entender nuestra vulnerabilidad y aprender a sentirla sin temor será la puerta de entrada a un nuevo mundo sin tanques de guerra ni libros que anulen creatividades.
Se puede vivir de acuerdo a esa vulnerabilidad procurando el suficiente bienestar para todos.
Feliz noche buena al mundo

